martes, 15 de mayo de 2012

I

Sentada al amanecer en el parque de Eirís sobre la fresca hierba cubierta de gotas de rocío miro al cielo. Está precioso, tiene un color entre azul y verde y aún no ha salido el sol, aunque se puede intuir por dónde saldrá, pues hay un trozo de mar y horizonte más iluminados que otros. En este cielo de primeras horas de la mañana están dibujadas muchas nubes de color blanco azulado con sombras violetas. Nubes  pequeñitas y muy bonitas, de esas que cuando te quedas mirándolas ves distintas formas que van cambiando a cada instante que pasa. Sopla una suave brisa y cierro los ojos. Dejo que el viento se lleve mis pensamientos a un lugar lejano. Mis divagaciones me llevan a la conclusión de que el único momento que realmente poseo es el presente y que lo que debo hacer es vivirlo. Entre reflexiones dejo libres mis pensamientos y poco después abro los ojos, pues empiezo a oír una melodía. Es la melodía de mis pensamientos mecidos por el viento y algo más. Miro de nuevo al cielo. 

Y escucho el paso de las nubes por el cielo del amanecer.

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