miércoles, 5 de octubre de 2011

Es importante tener algo en que creer, ilusiones o esperanzas que te ayuden a seguir adelante cuando no le encuentras ningún sentido a tu vida. Los sueños, esas historias sobre un futuro perfecto en el que eres una persona feliz que ha cumplido sus expectativas y que se despierta cada mañana con una sonrisa; son una de esas cosas, por lo que es importante protegerlos, cuidarlos, mimarlos... porque son lo que nos queda cuando sentimos que está todo perdido.
Los sueños son muy distintos unos de otros. Los hay sencillos, fácilmente realizables y que nos proporcionan una felicidad momentánea, esa que sentimos con los pequeños, pero grandes detalles que nos regala la vida. Otros resultan cien veces más complejos y, aunque hasta vienen con manual de instrucciones, resultan casi irrealizables.
Algunos son tan dulces que pueden quitarnos el mal sabor de boca que nos produce la más amarga experiencia. Otros tienen tanta fuerza que nos ayudan a ver un mañana feliz en este futuro tan incierto que nos espera. Sean de azúcar, complicados, de mármol, sencillos, de cristal, azules, amarillos o de porcelana; debemos cuidarlos con cariño y creer en ellos para que no se desvanezcan.
Incluso podemos proponernos luchar por hacer que se vuelvan algo real. Eso sí, esto ya requiere algo más. Porque un sueño es algo que está relacionado directamente con la realidad: ante la presencia de ésta puede reaccionar de dos maneras muy distintas (una buena y la otra mala). La reacción buena es que ese sueño, al chocar con la realidad en la que vivimos, se cumple. Esto da lugar, sin duda, a la felicidad. Ahora sí, la mala, al igual que la buena -que es muy buena-, también es la más superlativa de su campo. Es esa que todos evitamos, esa otra manera a la que tienden a reaccionar algunos sueños al chocar con la realidad; la de romperse en mil pedazos. Por ello, hay que estar mínimamente preparado para evitar heridas graves causadas por las astillas de un sueño roto.
En resumen, lo que cada cual quiera hacer con sus sueños es un asunto que sólo incumbe al individuo que los sueña. Puede guardarlos bajo llave en una cajita y deleitarse con ellos cada vez que lo necesite para evadirse de la realidad; o puede dejarlos salir, para experimentar cuál es su manera de reaccionar al entrar en contacto con ésta.
Cada cuál debe tomar su propia decisión. Personalmente, me gustaría arriesgarme de una vez por todas, pero por ahora prefiero verlos dentro de su cajita, custodiados por una bailarina que se mueve al ritmo de la Danza del Hada de Azúcar, del Cascanueces de Tchaikovsky. Son todos dulces, cristalinos y muy jóvenes y dudo que estén lo suficientemente preparados como para enfrentarse al mundo. No quiero despertarme como Clara, de repente, y descubrir que mi cascanueces nunca fue un príncipe.
No, mis sueños necesitan aún su puntito de vainilla.

2 comentarios:

  1. ME ENCANTA!ME ENCANTA!ME ENCANTA!ME ENCANTA!ME ENCANTA!ME ENCANTA!ME ENCANTA!ME ENCANTA!
    Creo que ni yo misma podría haberlo expresado mejor; además tienes toda la razón del mundo,aunque no son tus suñs los que no están preparados para enfrentarse a la realidad si no tú. Tú eres la que temes que se rompan en mil pedacitos y te duele el prensar que si eso pasa no podrás volver a soñarlos, ya sabrás como acaba; pero ¿y si ellos quieren hacerlos si de veras quieren enfrentarse a ella? ¿Por qué hemos de negarselo anteponiendo nuestra seguridad y felicidad a la de nuestros sueños?

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  2. ya veo u ete ha encantado mucho y me alegra oírlo (aunque bueno, acabo de releerme el post y la verdad es que he cometido demasiados errores gramaticales y cosas del estilo V.v).
    Ñeñeñe, pareces Julia rebatiendo mi Teoría Azul! xD... y si ni mis sueños ni yo estamos preparados? Además, mi primer sueño, mi concertino, aún acaba de romper el cascarón, así que abrá que esperar ;)

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